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TEMPS DE JARDINS

Article per a la Presentació de la Monografia “BATLLE I ROIG, VEINTE JARDINES 1981-2011″ Publicat per Paisajismo a la sèrie Monográficos del Paisaje.
En los últimos treinta años los términos Paisaje, Paisajismo o Arquitectura del Paisaje han adquirido un gran protagonismo. No ha habido facultad, revista o premio que no les dedicara una cátedra, una sección o un apartado con la intención de promocionarlos. También para estudiarlos, descubrir sus leyes internas, límites y básicamente, su siempre compleja relación con las otras disciplinas que se ocupan de la ciudad y del territorio: la arquitectura y el urbanismo.

En España, la Arquitectura del Paisaje, a diferencia de Inglaterra, Italia o Francia, siempre ha sido considerado un arte menor, vinculado a lo más retrogrado de la cultura y con un fuerte sabor a ancient regim. Sin embargo durante la década de los ochenta, y en gran parte gracias a la transformación social y urbana de Barcelona, empezó a cobrar un nuevo impulso. La rehabilitación del tejido urbano y de los espacios públicos de la ciudad, olvidados y maltratados durante décadas por una pésima gestión municipal, se incorporó al programa político de la mayoría de partidos progresistas y así, en 1979, el primer Ayuntamiento elegido democráticamente en Barcelona desde la guerra civil, con Narcís Serra como alcalde y Oriol Bohigas como arquitecto jefe a la cabeza, inició un doble proceso de renovación de la ciudad basado por un lado en la restructuración del espacio público, prestando una  especial atención a la creación de nuevos parques, y por otro creando una estructura de concursos públicos inédita hasta ese momento en la administración española.

Ese mismo año, de manera premonitoria, Elías Torres había publicado en Arquitecturas bis, sin duda la revista de arquitectura española más influyente del momento, el artículo “Y EL RESTO, VERDE” (1)en el que alertaba de la  importancia creciente que el tema del jardín iba a tener para el diseño del espacio público a la vez que vaticinaba la inminente avalancha de concursos, proyectos y encargos que se iban a producir, como así fue, en las siguientes décadas. Decía Elías: “La recuperación del tema del Jardín para el diseño, en estos tiempos de inseguridad en la invención formal desde el estilo, en los que se recurre al revival, al eclecticismo, al realismo constructivo o al simbolismo, llega como una bocanada de aire fresco” y acababa: “…satisface pensar que el tema de los jardines, ya casi olvidado, ocupará de nuevo nuestras horas frente al tablero de dibujo” Y eso es lo que efectivamente ocurrió.

El primer tema en ocupar “nuestras horas” fue el concurso del Parque del Escorxador, en Barcelona, convocado a mediados de 1980. Por esa época, tras acabar nuestros estudios, trabajábamos aún en el despacho de José Antonio Martinez Lapeña y Elías Torres. Este último había sido nuestro profesor en sexto curso y dirigió nuestro proyecto final de carrera. La euforia del momento y seguramente un cierto grado de inconsciencia nos empujó, junto con Olga Tarrasó, a presentarnos al concurso.

El solar del concurso, que ocupaba las cuatro manzanas del ensanche Cerdà comprendidas entre las calles de Diputació, Vilamarí, Aragó y Tarragona (estas dos últimas de gran tránsito) había albergado las instalaciones del Matadero Municipal hasta su traslado a la Zona Franca, y su futuro uso había sido largamente discutido hasta que la presión vecinal impuso la creación de un gran parque público. En el entorno, de muy bajo interés arquitectónico, destacaba especialmente la antigua Plaza de Toros de las Arenas, magnifica construcción en ladrillo asentada sobre un podio de piedra.

En el proyecto del Parque del Escorxador exploramos por primera vez tres de los temas que en el futuro íbamos a desarrollar ampliamente y que con el tiempo acabarían por convertirse en característicos de nuestro trabajo: el uso del jardín como tipología para resolver el proyecto, la organización del programa en niveles superpuestos y la definición de los límites mediante un uso programático.

En el Escorxador proyectamos el parque a partir de la revisión de la tipología de jardín ecléctico desarrollada a principios del XIX por Repton o Alphand, acentuando aquellos aspectos que mejor lo adaptaran a una situación urbana contemporánea como Olmsted hizo en Central Park.

El proyecto organizó los usos en dos alturas. En la cota baja, a nivel de la calle, se situó el equipamiento, un centro cultural con auditorio, y en la cota superior, elevada unos cinco metros por encima de la calle, el parque.

Finalmente el recinto se delimitaba por un sistema de muros dobles que contenían los accesos y los servicios y que nos permitía conectar con la plaza de toros mediante un puente sobre la calle Diputación. Esta drástica división del programa en dos niveles y la contundente presencia del muro de cerramiento eran deudoras de algunos de los proyectos que más nos hicieron reflexionar en esa época y que aún hoy en día nos resultan cercanos: el Museo de la Ciencia en Charlotte de Venturi & Rauch, los almacenes BEST de SITE y los Jardines de Villa Cecilia de José Antonio Martinez Lapeña y  Elías Torres. El proyecto obtuvo un accésit y eso nos animó a perseverar en la labor de concursar y medir nuestras capacidades con programas y lugares más complejos.

Las críticas recibidas en la prensa especializada nos hicieron reflexionar sobre nuestro trabajo y contribuyeron a que descubriéramos nuestra propia voz.

Sobre el Escorxador escribió Oriol Bohigas en Arquitecturas bis (2): “…la ausencia de referencias arquitectónicas como imágenes perdurables lo aparta de las condiciones básicas de un parque para convertirlo en un paisaje de escaso contenido. El espacio construido desaparece absorbido por la continuidad de un paisaje que tampoco se propone la especificación de funciones.”

El siguiente concurso fue el del Cementerio de Roques Blanques, en el que de nuevo exploramos las capacidades tipológicas del jardín, en este caso el jardín italiano del renacimiento, para resolver programas arquitectónicos y en el que asimismo el trabajo sobre la superposición de niveles fue fundamental. La obligada aparición en este proyecto de unos sistemas de acceso y comunicación entre las diversas zonas dio entrada a otro de los elementos fundamentales en el posterior desarrollo de nuestro trabajo: el recorrido como instrumento básico de proyectación.

En el mismo artículo de Arquitecturas Bis antes reseñado, Oriol Bohigas admitía: “El proyecto ganador del concurso para el Cementerio de Roques Blanques, convocado por la Corporación Metropolitana de Barcelona y realizado por el mismo equipo, es en este sentido mucho mejor aunque se mantiene en la misma línea. La gran dimensión y la inherente carga simbólica del tema lo sitúan en su escala adecuada.”

Ese factor de la escala en nuestro trabajo, premonitoriamente intuido por Bohigas se convertiría con el tiempo en una de nuestras señas de identidad. Trabajos como el Parque del Nudo de la Trinitat, el Parque Catalunya de Sabadell o el Vertedero del Garraf exploraron esa dimensión como instrumento de proyecto y es en esa situación donde encuentran su verdadero sentido.

Como Elías Torres intuyó, empezaba así un tiempo de jardines en el que, para suerte nuestra, después de treinta años, aún nos apetece trabajar.

 

 

 

(1)    Torres, Elías, “Y el resto, verde” en Arquitecturas bis 29, julio/agosto 1979, págs. 44-50

(2)   Bohigas, Oriol, “El concurso para el parque del antiguo “Escorxador” de Barcelona” en Arquitecturas bis 40, noviembre/diciembre 1981, págs. 18/32